Las encuestas electorales: ¿brújulas rotas o instrumentos mal calibrados?

El triunfo de Donald Trump en 2016, el Brexit en el Reino Unido, el plebiscito por la paz en Colombia. Tres eventos, tres fracasos rotundos de los sondeos electorales. Tres momentos en que millones de ciudadanos —y sus líderes— despertaron con la realidad desnuda frente a sus ojos, mientras las encuestas dormían tranquilas señalando otro camino. La pregunta que surge con urgencia en los gabinetes, en las redacciones y en las mesas de café es siempre la misma: ¿por qué fallan las encuestas?

Desde mi experiencia en el diseño y evaluación de políticas públicas, puedo afirmar con convicción que las encuestas no fallan porque sean inútiles. Fallan, en gran medida, porque la sociedad cambió y los métodos no siempre acompañaron ese cambio.

El primer problema es estructural. Las sociedades contemporáneas son más fragmentadas, más volátiles y más desconfiadas que hace dos décadas. El ciudadano de hoy no responde el teléfono fijo —porque directamente ya no lo tiene—, desconfía de quién pregunta y para qué, y en muchos casos ni siquiera ha decidido su voto hasta último momento. Una muestra sesgada, preguntas mal formuladas o márgenes de error comunicados con ambigüedad son suficientes para que el resultado de una encuesta no valga el papel en que está impreso.

El segundo factor es el llamado "voto oculto". La espiral del silencio —ese mecanismo psicológico por el cual las personas ocultan sus verdaderas preferencias cuando intuyen que son contrarias a la norma social imperante— distorsiona gravemente las mediciones. Quien piensa votar a un candidato estigmatizado simplemente no lo dice. Y las encuestas no registran el silencio: lo ignoran.

El tercer elemento es la abstención impredecible. Saber a quién piensa votar alguien no garantiza que ese alguien acuda a las urnas. El comportamiento electoral del día de los comicios puede ser radicalmente distinto al declarado semanas antes. Una crisis, un escándalo de último momento, la lluvia o el cansancio pueden alterar todo. Las encuestas capturan intenciones; las urnas registran decisiones.

A esto se suma lo que en el oficio se conoce como "la cocina": el proceso de ajuste de los datos brutos para hacerlos representativos de la realidad. Cuando ese proceso carece de transparencia metodológica, el resultado puede ser tan confiable como una predicción meteorológica a treinta días.

Sin embargo, sería injusto quedarse en el diagnóstico. Hay innovaciones metodológicas que abren caminos prometedores. El analista Nate Silver demostró que el meta-análisis —cruzar múltiples encuestas y ponderar cada una según su historial de precisión— puede mejorar notablemente la predicción electoral. Otros investigadores han explorado escalas de probabilidad del 0 al 100 en lugar de preguntas cerradas de intención de voto, captando la incertidumbre del elector con mayor fidelidad. Y existe una línea de trabajo fascinante que propone medir no la decisión racional, sino las emociones del electorado: el miedo, la esperanza, la desconfianza. Porque en temas tan sensibles como la paz o la participación política, la emoción precede —y muchas veces desborda— a la razón.

En Argentina, el contexto presenta sus propias complejidades. Las restricciones legales para publicar encuestas en los días previos a los comicios limitan la posibilidad de capturar los movimientos finales del electorado, justamente cuando la intención de voto es más dinámica. A eso se añade la tensión permanente entre rigor técnico e interés político, que en muchos casos contamina la metodología desde el inicio del diseño.

La conclusión que se impone es tan clara como incómoda: ninguna encuesta garantiza certeza. Lo que sí garantiza una buena encuesta es transparencia metodológica, adaptación a los contextos cambiantes e innovación constante. La diferencia entre un sondeo útil y uno engañoso no está en predecir el futuro con exactitud matemática —eso no es posible—, sino en acotar la incertidumbre con rigor y honestidad.

Las encuestas electorales no son brújulas rotas. Son instrumentos complejos que exigen calibración permanente, metodologías audaces y, sobre todo, la humildad intelectual de reconocer que la sociedad siempre será más impredecible que cualquier modelo estadístico. Recuperar la confianza en estas herramientas requiere, ante todo, que quienes las diseñan y quienes las publican estén dispuestos a mostrar el trabajo, no solo el resultado.

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