Hay verdades que el ruido contemporáneo se empeña en disimular, pero que tarde o temprano vuelven a imponerse con la fuerza de lo evidente. Una de ellas es esta: nada reemplaza a la militancia territorial. Ni el algoritmo más sofisticado, ni la campaña digital más cara, ni la fotografía mejor producida. La política, en serio, sigue ocurriendo donde ocurrió siempre: cara a cara, casa por casa, manzana por manzana. El que olvide eso podrá ganar una elección coyuntural; no va a transformar absolutamente nada.
Conviene decirlo con todas las letras, porque el debate público está colonizado por una ilusión peligrosa: la idea de que las redes sociales "son el nuevo territorio". La afirmación, repetida con liviandad en innumerables búnkeres de campaña, es un error categorial. Una cosa es amplificar un mensaje y otra, muy distinta, es construir poder. Las plataformas digitales son herramientas formidables de comunicación, pero no son —no pueden serlo— el espacio donde se construyen los lazos políticos duraderos. Confundir alcance con adhesión, visualización con compromiso o tendencia con consenso es la receta más rápida para fracasar.
Quienes trabajamos hace años en gestión municipal sabemos que el territorio no se decreta ni se simula. El territorio es esa trama densa de centros vecinales, parroquias, clubes de barrio, sociedades de fomento, cooperativas, organizaciones del tercer sector, ferias francas, comedores y escuelas que conforman, en su conjunto, el verdadero capilar institucional de la Argentina. Allí no llegan los influencers. Allí no opera el algoritmo. Allí se discute, en presencia y sin filtros, qué Estado se quiere y qué Estado se rechaza. El que pretenda hacer política sin pisar ese terreno, sencillamente, no está haciendo política: está haciendo marketing.
Militar tiene un sentido preciso, y conviene recuperarlo. Militar es entregar tiempo a una causa que excede al propio interés. Es ir al barrio cuando llueve, sentarse a tomar mate con el vecino que duda, escuchar al jubilado que protesta, discutir con el adolescente que descree. Militar es asumir que la política no es un espectáculo: es una tarea cotidiana, paciente, muchas veces ingrata, casi siempre invisible. Esa actividad —humilde, persistente, profundamente humana— es el único cimiento real sobre el que pueden levantarse proyectos políticos serios.
La cuestión siempre es política. Y precisamente porque siempre es política, requiere de una infraestructura humana que el dispositivo digital no provee. Un like no es una adhesión. Una visualización no es una convicción. Un trending topic no es una organización. Cuatro de las confusiones más caras del marketing político contemporáneo se reducen a esta: tomar la huella digital por compromiso real. El error es además auto engañoso, porque produce métricas brillantes y resultados decepcionantes.
Hay otro aspecto que conviene subrayar. Las plataformas digitales no son ágoras públicas: son arquitecturas privadas con reglas opacas, donde los Estados nacionales —y mucho más los gobiernos locales— tienen escaso margen de incidencia. Tercerizar la organización política a esos canales equivale a delegar la soberanía militante en actores que no rinden cuentas a ningún electorado. Cuando el algoritmo cambia, la militancia digital se queda sin pisos. La militancia territorial, en cambio, sigue ahí: en la esquina, en el comedor, en la sala del centro vecinal.
Evitemos, sin embargo, la tentación opuesta: sería un error igualmente grave predicar un romanticismo de unidad básica que ignore que la conversación pública contemporánea ocurre, en buena medida, en pantallas. La salida no es elegir entre lo virtual y lo real, sino jerarquizarlos. Las redes amplifican, los territorios deciden. Las redes informan, los territorios construyen subjetividad política. Las redes movilizan en lo coyuntural, los territorios sostienen en el tiempo largo. Usar el territorio como decorado de la red es la receta más rápida para perder lo único que la política sabe hacer bien cuando se hace en serio: organizar.
¿Qué hacer entonces, en términos prácticos? Tres definiciones operativas. Primero, recuperar la formación política territorial: los cuadros militantes necesitan herramientas analíticas, no solo consignas. Segundo, integrar lo digital al servicio del trabajo territorial, nunca al revés: la cuenta de Instagram debe documentar la asamblea barrial, no reemplazarla. Tercero, reconstruir el vínculo con las organizaciones intermedias: cámaras, sindicatos, mutuales, fundaciones, centros de estudiantes. Ningún liderazgo se sostiene en el aire; se sostiene en redes humanas que existen antes que él y seguirán existiendo después.
Militar, hoy más que nunca, es un acto de resistencia. Y de futuro.